miércoles, 19 de septiembre de 2007

Casa Malva. Carmen Delgado

De vacaciones en Gijón, he seguido con gran interés la cuestión del Centro de Atención Integral a Mujeres Maltratadas o Casa Malva, a través de LA NUEVA ESPAÑA. Al margen del debate político que ha generado esta cuestión, quisiera, como profesional, aportar algún elemento que debería ser tenido en cuenta para una adecuada valoración del problema de fondo que ha suscitado la polémica.
En el postgrado de «Intervención multidisciplinar en violencia de género», que dirijo en la Universidad Pontificia de Salamanca, abordamos desde la psicología los efectos de la violencia sobre las mujeres que la sufren. Uno de estos efectos, ampliamente documentado por la investigación, es el denominado «síndrome paradójico de adaptación a la violencia», que explica por qué las mujeres maltratadas tardan como media de 9 a 11 años en abandonar a su agresor. El «ciclo de la violencia doméstica», que la doctora Lenore Walker describió en una obra clásica de los años 70, explica también por qué las mujeres vuelven con sus maltratadores a pesar de las violentas agresiones que sufren. No tiene, por tanto, nada de extraordinario que un centro de atención integral adopte medidas de recuperación para romper el posible «vínculo residual» de la víctima con el agresor. Este vínculo es el núcleo central para entender el problema.
El vínculo emocional, que el agresor ha tejido laboriosamente en un proceso de destrucción psicológica de «su víctima», es lo que permite al maltratador mantener la posición de dominio desde la cual ejerce el maltrato. Es un vínculo perverso, por medio del cual consigue implicar a la víctima en la relación violenta, haciéndola creer que ella podrá algún día «curarle» y que «haciéndolo cambiar» volverán a la situación inicial «idílica», con la que un día iniciaron la relación. Por esto se ha comparado la violencia de género con el síndrome de Estocolmo: hay un auténtico «secuestro emocional» de la víctima, identificándose con su agresor. Para entendernos, el maltratador actúa como la araña que, tejiendo su red, consigue inmovilizar en ella (psicológicamente) a su presa, privándola de voluntad propia.
Es ésta una de las cuestiones más incomprendidas acerca de las mujeres maltratadas, y una de las razones por las que permanecen y vuelven con sus agresores. No es posible resumir en pocas palabras teorías complejas, pero, para el tema que nos ocupa, he de señalar que desde la psicología se conoce muy bien que la recuperación integral de las mujeres implica la ruptura psicológica del vínculo con el agresor, y que es ésta la cuestión más difícil en el proceso de su recuperación integral.
Desde aquí, es imposible concebir un centro de atención integral sin un trabajo psicológico dirigido a la ruptura del vínculo, por lo que resulta cuanto menos llamativo que algunas dirigentes «se sorprendan» de que a las mujeres «las obligan a firmar que se van a separar» cuando entran en el centro, como leí en la NUEVA ESPAÑA del 23 de agosto. Cualquiera que conozca un poco sobre el proceso de la violencia de género debe saber que el contrato terapéutico de ruptura con el agresor es imprescindible para realizar este trabajo de recuperación, con quien voluntariamente decide ingresar en el centro creado para tal fin. Sería absolutamente ineficaz emprender el trabajo de recuperación con alguien que aún no tiene voluntad de romper el vínculo con su agresor. No existe otra razón de ser para un centro de estas características. Situación diferente es aquélla en que existe un conflicto de pareja sin ejercicio de violencia sobre la mujer. Para estos casos, que no son de violencia de género, existen otras mediaciones y formas de resolución, que incluyen el restablecimiento de la pareja. Pero para estos casos no es el centro de recuperación el lugar adecuado; no estamos hablando de esto.
Sin entrar en la polémica suscitada, porque además desconozco los hechos sobre los que se polemiza, sólo quiero, en mi condición de profesional (y de asturiana de Gijón), aportar esta reflexión para contribuir a desliar un poco la madeja de confusión que se ha tejido en torno a esta cuestión. Desconozco si ha habido o no maltrato; pero las críticas sobre normas, horarios, exigencia del compromiso de separación, etcétera... que se han esgrimido en la prensa, ninguna de ellas es una prueba de maltrato; antes bien, son elementos necesarios en cualquier centro de recuperación integral.
Y es por esto que -en mi opinión- esta forma de polemizar sin ningún rigor profesional sobre la violencia de género, lejos de contribuir al bien de las mujeres, corre el riesgo de dañar un bien muy preciado para el tratamiento de la violencia de género, como son los centros de recuperación integral.
Carmen Delgado, directora del postgrado «Intervención multidisciplinar en violencia de género», Facultad de Psicología, Universidad Pontificia de Salamanca
Salamanca

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