Querida Josefa: Gracias por ser tan valiente y haber hecho pública la situación que vivimos las mujeres en las casas de acogida. Te brindo todo mi apoyo. Yo, hace un año, junto a otra compañera denunciamos ante la justicia a la casa de acogida por el maltrato recibido, por las situaciones tan atroces que vivimos y, por supuesto, por los trastornos que ocasiona todo esto en nosotros y en los niños, que son las grandes víctimas aquí. Ahora dirán que mis declaraciones no valen porque eran de otra casa de acogida, pero estamos hablando de las mismas personas y de la misma institución que están en la Casa Malva. Pero a seguir aceptando pulpo como animal de compañía.
Josefa, ¿hasta cuándo tendremos que soportar esta imagen tan patética e irreal que hacen de nosotras? Con el cuento de que abriéramos los ojos nadie se puedo imaginar todo lo que estamos viendo.
Espero que con esta carta dejen de atacarte y simplemente entiendan que desde la parte que nos tocó vivir denunciamos ya no sólo el trato indignante y destructivo, sino que nuestro problema interno lo desconocen totalmente. Dejemos claro que no tenemos nada que ver con ningún partido político, que representamos lo que viven y lo que pasa en la casa de acogida y que la principal responsable es la Cruz Roja. Que nosotras vamos por libre, que estamos en disposición de aportar información con el fin de buscar soluciones a un problema tan serio desde la parte que nos tocó vivir. Que no queremos ser partícipes de conflictos, ni que se vaya abajo nuestra información de suma importancia para la vida de muchas mujeres y de un proyecto que es la Casa Malva, que tiene que llegar a cumplir el fin para el que fue creada. Espero que dejen de victimizarnos haciendo sólo hincapié en la violencia de género y se conciencien del problema del maltrato en toda su dimensión, lo que llevará a la concienciación del problema, a acabar con el problema y con nuestra victimización y nuestra marginación. Gracias de nuevo, Josefa. Y hasta siempre.
Susana Villamil, ex residente en una casa de Acogida del Principado.
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miércoles, 19 de septiembre de 2007
Casa Malva. Carmen Delgado
De vacaciones en Gijón, he seguido con gran interés la cuestión del Centro de Atención Integral a Mujeres Maltratadas o Casa Malva, a través de LA NUEVA ESPAÑA. Al margen del debate político que ha generado esta cuestión, quisiera, como profesional, aportar algún elemento que debería ser tenido en cuenta para una adecuada valoración del problema de fondo que ha suscitado la polémica.
En el postgrado de «Intervención multidisciplinar en violencia de género», que dirijo en la Universidad Pontificia de Salamanca, abordamos desde la psicología los efectos de la violencia sobre las mujeres que la sufren. Uno de estos efectos, ampliamente documentado por la investigación, es el denominado «síndrome paradójico de adaptación a la violencia», que explica por qué las mujeres maltratadas tardan como media de 9 a 11 años en abandonar a su agresor. El «ciclo de la violencia doméstica», que la doctora Lenore Walker describió en una obra clásica de los años 70, explica también por qué las mujeres vuelven con sus maltratadores a pesar de las violentas agresiones que sufren. No tiene, por tanto, nada de extraordinario que un centro de atención integral adopte medidas de recuperación para romper el posible «vínculo residual» de la víctima con el agresor. Este vínculo es el núcleo central para entender el problema.
El vínculo emocional, que el agresor ha tejido laboriosamente en un proceso de destrucción psicológica de «su víctima», es lo que permite al maltratador mantener la posición de dominio desde la cual ejerce el maltrato. Es un vínculo perverso, por medio del cual consigue implicar a la víctima en la relación violenta, haciéndola creer que ella podrá algún día «curarle» y que «haciéndolo cambiar» volverán a la situación inicial «idílica», con la que un día iniciaron la relación. Por esto se ha comparado la violencia de género con el síndrome de Estocolmo: hay un auténtico «secuestro emocional» de la víctima, identificándose con su agresor. Para entendernos, el maltratador actúa como la araña que, tejiendo su red, consigue inmovilizar en ella (psicológicamente) a su presa, privándola de voluntad propia.
Es ésta una de las cuestiones más incomprendidas acerca de las mujeres maltratadas, y una de las razones por las que permanecen y vuelven con sus agresores. No es posible resumir en pocas palabras teorías complejas, pero, para el tema que nos ocupa, he de señalar que desde la psicología se conoce muy bien que la recuperación integral de las mujeres implica la ruptura psicológica del vínculo con el agresor, y que es ésta la cuestión más difícil en el proceso de su recuperación integral.
Desde aquí, es imposible concebir un centro de atención integral sin un trabajo psicológico dirigido a la ruptura del vínculo, por lo que resulta cuanto menos llamativo que algunas dirigentes «se sorprendan» de que a las mujeres «las obligan a firmar que se van a separar» cuando entran en el centro, como leí en la NUEVA ESPAÑA del 23 de agosto. Cualquiera que conozca un poco sobre el proceso de la violencia de género debe saber que el contrato terapéutico de ruptura con el agresor es imprescindible para realizar este trabajo de recuperación, con quien voluntariamente decide ingresar en el centro creado para tal fin. Sería absolutamente ineficaz emprender el trabajo de recuperación con alguien que aún no tiene voluntad de romper el vínculo con su agresor. No existe otra razón de ser para un centro de estas características. Situación diferente es aquélla en que existe un conflicto de pareja sin ejercicio de violencia sobre la mujer. Para estos casos, que no son de violencia de género, existen otras mediaciones y formas de resolución, que incluyen el restablecimiento de la pareja. Pero para estos casos no es el centro de recuperación el lugar adecuado; no estamos hablando de esto.
Sin entrar en la polémica suscitada, porque además desconozco los hechos sobre los que se polemiza, sólo quiero, en mi condición de profesional (y de asturiana de Gijón), aportar esta reflexión para contribuir a desliar un poco la madeja de confusión que se ha tejido en torno a esta cuestión. Desconozco si ha habido o no maltrato; pero las críticas sobre normas, horarios, exigencia del compromiso de separación, etcétera... que se han esgrimido en la prensa, ninguna de ellas es una prueba de maltrato; antes bien, son elementos necesarios en cualquier centro de recuperación integral.
Y es por esto que -en mi opinión- esta forma de polemizar sin ningún rigor profesional sobre la violencia de género, lejos de contribuir al bien de las mujeres, corre el riesgo de dañar un bien muy preciado para el tratamiento de la violencia de género, como son los centros de recuperación integral.
Carmen Delgado, directora del postgrado «Intervención multidisciplinar en violencia de género», Facultad de Psicología, Universidad Pontificia de Salamanca
Salamanca
En el postgrado de «Intervención multidisciplinar en violencia de género», que dirijo en la Universidad Pontificia de Salamanca, abordamos desde la psicología los efectos de la violencia sobre las mujeres que la sufren. Uno de estos efectos, ampliamente documentado por la investigación, es el denominado «síndrome paradójico de adaptación a la violencia», que explica por qué las mujeres maltratadas tardan como media de 9 a 11 años en abandonar a su agresor. El «ciclo de la violencia doméstica», que la doctora Lenore Walker describió en una obra clásica de los años 70, explica también por qué las mujeres vuelven con sus maltratadores a pesar de las violentas agresiones que sufren. No tiene, por tanto, nada de extraordinario que un centro de atención integral adopte medidas de recuperación para romper el posible «vínculo residual» de la víctima con el agresor. Este vínculo es el núcleo central para entender el problema.
El vínculo emocional, que el agresor ha tejido laboriosamente en un proceso de destrucción psicológica de «su víctima», es lo que permite al maltratador mantener la posición de dominio desde la cual ejerce el maltrato. Es un vínculo perverso, por medio del cual consigue implicar a la víctima en la relación violenta, haciéndola creer que ella podrá algún día «curarle» y que «haciéndolo cambiar» volverán a la situación inicial «idílica», con la que un día iniciaron la relación. Por esto se ha comparado la violencia de género con el síndrome de Estocolmo: hay un auténtico «secuestro emocional» de la víctima, identificándose con su agresor. Para entendernos, el maltratador actúa como la araña que, tejiendo su red, consigue inmovilizar en ella (psicológicamente) a su presa, privándola de voluntad propia.
Es ésta una de las cuestiones más incomprendidas acerca de las mujeres maltratadas, y una de las razones por las que permanecen y vuelven con sus agresores. No es posible resumir en pocas palabras teorías complejas, pero, para el tema que nos ocupa, he de señalar que desde la psicología se conoce muy bien que la recuperación integral de las mujeres implica la ruptura psicológica del vínculo con el agresor, y que es ésta la cuestión más difícil en el proceso de su recuperación integral.
Desde aquí, es imposible concebir un centro de atención integral sin un trabajo psicológico dirigido a la ruptura del vínculo, por lo que resulta cuanto menos llamativo que algunas dirigentes «se sorprendan» de que a las mujeres «las obligan a firmar que se van a separar» cuando entran en el centro, como leí en la NUEVA ESPAÑA del 23 de agosto. Cualquiera que conozca un poco sobre el proceso de la violencia de género debe saber que el contrato terapéutico de ruptura con el agresor es imprescindible para realizar este trabajo de recuperación, con quien voluntariamente decide ingresar en el centro creado para tal fin. Sería absolutamente ineficaz emprender el trabajo de recuperación con alguien que aún no tiene voluntad de romper el vínculo con su agresor. No existe otra razón de ser para un centro de estas características. Situación diferente es aquélla en que existe un conflicto de pareja sin ejercicio de violencia sobre la mujer. Para estos casos, que no son de violencia de género, existen otras mediaciones y formas de resolución, que incluyen el restablecimiento de la pareja. Pero para estos casos no es el centro de recuperación el lugar adecuado; no estamos hablando de esto.
Sin entrar en la polémica suscitada, porque además desconozco los hechos sobre los que se polemiza, sólo quiero, en mi condición de profesional (y de asturiana de Gijón), aportar esta reflexión para contribuir a desliar un poco la madeja de confusión que se ha tejido en torno a esta cuestión. Desconozco si ha habido o no maltrato; pero las críticas sobre normas, horarios, exigencia del compromiso de separación, etcétera... que se han esgrimido en la prensa, ninguna de ellas es una prueba de maltrato; antes bien, son elementos necesarios en cualquier centro de recuperación integral.
Y es por esto que -en mi opinión- esta forma de polemizar sin ningún rigor profesional sobre la violencia de género, lejos de contribuir al bien de las mujeres, corre el riesgo de dañar un bien muy preciado para el tratamiento de la violencia de género, como son los centros de recuperación integral.
Carmen Delgado, directora del postgrado «Intervención multidisciplinar en violencia de género», Facultad de Psicología, Universidad Pontificia de Salamanca
Salamanca
sábado, 1 de septiembre de 2007
Programa de Información telefónica, Ley de Dependencia y Privatizaciones
La Corriente Sindical de Izquierda (CSI) ante las declaraciones de la Consejera de Bienestar Social asignando la gestión del " Teléfono de la Ley de Dependencia" queremos manifestar, una vez más,:
- Nuestra oposición a la privatización de otro servicio público. Algo sorprendente por parte de un Gobierno que se llama socialista.
- Exigir que la gestión de la red de casas de acogida a personas víctimas de violencia de genero, sea, de nuevo, pública.
- Manifestar que estos servicios, como otros muchos privatizados, ofrecen una mayor calidad a los ciudadanos cuando se son públicos y no privados.
- Denunciar que la Cruz Roja se esta convirtiendo en la autentica gestora ( en lugar de la Consejería) de la política de Bienestar Social de Asturias.Con lo que supone de precarización laboral, descenso en la calidad de los servicios, "filtración y digitalización" en la selección de personal y sustracción al control social, propio de una sociedad democrática.
- En este sentido trasladaremos esta política de privatizaciones a el Comité de Empresa de la Consejería y a la Junta de Personal , para que estos órganos de representación de los trabajadores públicos se posicionen al respecto.
Por otro lado insistimos en que se debe abrir una investigación seria por la Junta General del Principado en relación al funcionamiento de la denominada "Casa Malva".
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domingo, 26 de agosto de 2007
COMUNICADO DE LA CORRIENTE SINDICAL DE IZQUIERDA RESPECTO A LA RED DE CASAS DE ACOGIDA DE MUJERES

Durante muchos años (hasta 1995) las personas víctimas de la violencia de genero fueron atendidas por profesionales ( principalmente educadoras) de la Administración de la Comunidad Autónoma de Asturias de forma excelente ( muchos años en la Consejeria de Acción Social). Todo: programa, personal, recursos, .... era de titularidad y gestión pública.
Fue a partir de 1995 cuando el PSOE decidió, cargándose la experiencia reunida pacientemente y desaprovechando al personal público-, privatizar este programa social y entragárselo a la Cruz Roja, verdadera empresa-subcontrata para servicios sociales ( que casi se lleva el 50 % del presupuesto del IAASIFA por poner un ejemplo), controlada en Asturias por el PSOE; "más barata" que la Administración Autonómica y que muchas Entidades Locales, dirigida en ese momento por Carmen Veiga (PSOE. Actual Gerente del Jovellanos).
Con esta medida, se trataba de abaratar los costes del servicio, y además escapar al control social por parte de los ciudadanos sobre la gestión, y en parte el diseño, de la políticas públicas en materia social.
El enchufismo a la hora de contratar profesionales (+ Roja utiliza el método de selección del "digitalismo", de dedo), lo que ocasiona precariedad, falta de independencia de los profesionales, malas condiciones de trabajo, miedo a la crítica, lentitud para corregir los errores.Unido a la falta de un adecuado control público puesto que las responsables de + Roja no responden directamente a la ciudadanía sino a sus propios órganos de gobierno, y tan solo indirectamente a quien les contrata.
Todo esto, insistimos una vez más, esta en la base de la problemática que en estos días se ha manifestado públicamente en relación a la llamada "Casa Malva".
Por todo esto la Corriente Sindical de Izquierda (Sección de Bienestar Social) solicita que, aparte de las correcciones que la investigación pública aconseje tomar ( que entendemos que es urgente), la gestión de los programas de atención a las personas víctimas de la violencia de genero vuelva a ser pública y deje de estar en manos + Roja u otra ONG/empresa ( más bien pro-gubermental).
Todos , incluso el PSOE, ganaremos con ello.
En Gijón, a 25 de agosto de 2007
Fue a partir de 1995 cuando el PSOE decidió, cargándose la experiencia reunida pacientemente y desaprovechando al personal público-, privatizar este programa social y entragárselo a la Cruz Roja, verdadera empresa-subcontrata para servicios sociales ( que casi se lleva el 50 % del presupuesto del IAASIFA por poner un ejemplo), controlada en Asturias por el PSOE; "más barata" que la Administración Autonómica y que muchas Entidades Locales, dirigida en ese momento por Carmen Veiga (PSOE. Actual Gerente del Jovellanos).
Con esta medida, se trataba de abaratar los costes del servicio, y además escapar al control social por parte de los ciudadanos sobre la gestión, y en parte el diseño, de la políticas públicas en materia social.
El enchufismo a la hora de contratar profesionales (+ Roja utiliza el método de selección del "digitalismo", de dedo), lo que ocasiona precariedad, falta de independencia de los profesionales, malas condiciones de trabajo, miedo a la crítica, lentitud para corregir los errores.Unido a la falta de un adecuado control público puesto que las responsables de + Roja no responden directamente a la ciudadanía sino a sus propios órganos de gobierno, y tan solo indirectamente a quien les contrata.
Todo esto, insistimos una vez más, esta en la base de la problemática que en estos días se ha manifestado públicamente en relación a la llamada "Casa Malva".
Por todo esto la Corriente Sindical de Izquierda (Sección de Bienestar Social) solicita que, aparte de las correcciones que la investigación pública aconseje tomar ( que entendemos que es urgente), la gestión de los programas de atención a las personas víctimas de la violencia de genero vuelva a ser pública y deje de estar en manos + Roja u otra ONG/empresa ( más bien pro-gubermental).
Todos , incluso el PSOE, ganaremos con ello.
En Gijón, a 25 de agosto de 2007
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sábado, 18 de agosto de 2007
Sobre la Casa "Malva"
JOSEFA GÓMEZ MARTÍN Su Casa Malva, de la que usted está tan orgullosa y costó tantísimos impuestos a costa de miles de familias que no llegan con su dinero de fin de mes, es un total fracaso, un fiasco, un derroche, una ruina y una cárcel. ¿Para quién se gastó tanto dinero en ese monstruo que ustedes, con mucha vanidad política, llaman casa de acogida para las pobres víctimas de los malos tratos?
Si perdió mucho de su valioso tiempo en revisar planos y presupuestos, en inaugurar y en enseñar a todo Gijón y a toda España la formidable edificación y su preocupación por esas pobres mujeres, ¿por qué no dedicó media hora para hablar con ellas, con las víctimas, y preguntarles cómo se sentían y cuáles eran sus necesidades? Claro que tendría que ser a solas, sin las guardianas que constantemente vigilan lo que dices, lo que haces y lo que piensas. El miedo a la represión cerraría la boca de esas mujeres.
Al inteligente, él o ella, que proyectó el sistema de seguridad yo le diría que se olvidaron imperdonablemente de unas cuantas cosas para que fuera una casa segura de verdad como la alambrada electrificada, las minas antipersonas y, cómo no, el pastor alemán. Con los vigilantes de día y de noche, y las muchas cámaras de seguridad enfocadas hacia nosotras nos sentimos peligrosas delincuentes a las que hay que vigilar muy, muy de cerca.
Dicen que es para nuestra seguridad. Ja, ja, ja. El agresor y quien quiera hacernos daño nos encontrará fácilmente en cualquier sitio y en cualquier momento en la calle o en nuestro trabajo. Las cámaras enfocadas en el comedor, la cocina y los pasillos sólo tienen la misión de vigilarnos a nosotras. ¿Por qué si no entran en nuestros departamentos, que son nuestra casa, utilizando la llave maestra y sin tan siquiera picar? ¿Es eso respetar nuestra intimidad y respetarnos como personas? En sus despachos, que es donde está lo que un ladrón buscaría, no hay cámaras.
La palabra «cárcel» la escuché por primera vez antes de entrar en la casa vieja, la de la avenida de la Argentina. No vayas allí, me decían, es peor que la cárcel y las mujeres vuelven con su agresor porque aquello es peor. No lo entendí. Yo personalmente no lo consideré así. Y eso que había tantas normas y prohibiciones que después de cinco meses todavía me recordaban alguna nueva. Ahora entiendo a qué se referían.
Le aseguro, señora consejera, que cuando dejé todo, incluida la casa de mis sueños y mis queridos animales, no derramé una lágrima, pero sí que derramé muchas por lo que encontré y que se supone me iba a ayudar. La mayoría de las mujeres que se marcharon antes que yo volvieron a casa, con sus agresores, porque no tenían a donde ir.
Llegamos a su querido mausoleo y todo fue mucho peor. Dos de las cuatro que entramos en julio ya nos fuimos. Yo, tengo que reconocerlo, con el corazón lleno de odio, rencor y deseos de revancha. Unos sentimientos, se lo juro, totalmente desconocidos para mí hasta este momento. Quiero justicia para las que están ahora y para las pobres desgraciadas que vengan detrás.
Le aconsejo, señora Ramos, y perdone el atrevimiento, que se dé mucha prisa en hacer una investigación a fondo con las dos inquilinas que quedan. Pero le insisto: hágalo a solas, sin ninguna espía por medio. Y hágalo rápido porque si tarda unos cuantos días a lo mejor han hecho un agujero por la alambrada y se han escapado, y usted se encontrará con todo su ejército chupaimpuestos solito y a sus anchas.
Perdóname, María (la directora de la Casa), sé que esto te va a afectar. Te juro que si pudiera evitarte este disgusto lo haría, pero me siento en la obligación de hacerlo público para evitar que todas esas «educadoras» a las que en la Casa Malva se les subió la soberbia a la cabeza sigan haciendo tanto, tanto daño.
Otra cosa, ¿para que necesitamos «educadoras»? Yo creía que eran los maltratadores los que tenían que hacer examen de conciencia y a los que había que educar en valores de igualdad. A mí lo que me inculcaron allí es que fuese sumisa, obediente y que cumpliera con escrupulosidad las mil órdenes bajo la amenaza de echarme a la calle. ¿Le suena a algo? Para muchas es repetir, pero peor, lo que tienen en casa.
Si me permite otro consejo, señora consejera, le diría que cierre ese edificio y lo emplee para otros menesteres. Mande tanta incompetente a casa. Los ciudadanos, que con sus impuestos lo pagan, se lo agradecerán y las próximas víctimas también.
Estoy a su disposición para lo que considere oportuno.
Muchas gracias.
Josefa Gómez Martín es antigua inquilina de la Casa Malva.
El PP da relevancia nacional a la denuncia contra la Casa Malva al exigir que investigue el Senado
Joana Magdalena: «Es muy grave que hablen de mal trato»
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